El hombre que se convirtió en primate

PlayGround Magazine » 26.09.2017

¿Y si un puñado de monos pudiera enseñarte cosas sobre tu vida?

Sexo, chismorreos, pandillas, peleas y machos alfa sacando pecho. ¿Te suena? Pues de eso va esta historia. Dicho así, podría parecer la crónica de un fin de semana cualquiera, pero la cosa va de monos, de otra clase de monos.

«Siendo niño no hacía más que rogar a mi madre que me llevara al Museo de Historia Natural, donde me pasaba horas contemplando dioramas africanos y soñando con vivir en uno de ellos».

Ahí comenzó todo para Robert Sapolsky. Él es nuestro protagonista. La influencia de aquellas visitas fue tal que el niño Sapolsky decidió que su vocación en la vida era ser un gorila de montaña. Iba en serio.

Cuando aún era un tierno preadolescente, Sapolsky ya se carteaba con los primatólogos a los que admiraba. A los 14 devoraba todos los manuales que encontraba sobre el tema. Mientras estaba en el instituto, se las apañó para conseguir distintos empleos en el laboratorio de primates de una facultad de medicina, y acabó en Harvard estudiando antropología biológica bajo la dirección de un experto en primatología.

Su rumbo parecía fijado, pero allí su orientación cambió. Adios gorilas.

«Empecé a sentirme atraído por una serie de cuestiones científicas a las que no podía responder mediante la observación de los gorilas. Necesitaba estudiar una especie que viviera en el espacio abierto de las praderas y que tuviese una organización social distinta. Así que decidí unirme a los babuinos».

Dicho y hecho. Poco después, Sapolsky ponía rumbo por primera vez a Serengueti, en Tanzania. Sus años estudiando a un grupo de babuinos en mitad de la sabana constituyen el eje de Memorias de un primate, un libro ameno y humano que ahora llega a nuestro país de la mano de Capitán Swing.

Uno más de la manada

«Soy el ángel de la muerte. Soy las diez plagas de Egipto, soy un brote de gonorrea, soy un ser espeluznante que aparece de noche, la sombra, la muerte disfrazada. Soy el coco de ojos felinos que espera hasta medianoche en los armarios de los niños, soy el terror silencioso, sensual, lascivo y caprichoso de los babuinos».

Con 21 años recién cumplidos, Sapolsky acariciaba su sueño africano. Corría 1978, John Travolta era el hombre más famoso de la Tierra y Salomón aún disfrutaba de su último año de reinado.

Salomón era un primate bondadoso y sabio. El jefazo de la manada a la que Sapolsky se había unido. Él mismo le había bautizado de acuerdo a su manía de ponerle nombres bíblicos a los miembros de su nueva familia. Por allí andaban Lía, Aarón, Isaac… así hasta más de 70 criaturas. Una vez identificados, sólo tocaba estar junto a ellos, ganarse su confianza, observar sus comportamientos.

«Con una cierta dosis de perversidad que sospecho que impulsa muchos de los actos de los primatólogos, esperaba con impaciencia el día en que pudiera anotar en mi cuaderno de campo que Nabucodonosor y Noemí estaban follando entre los arbustos», escribe Sapolsky en sus primeros días.

Nuestro hombre estaba allí para estudiar la relación entre el estrés y la tendencia a enfermar, su influencia en el comportamiento y la relación de esas variables con factores propios de la organización social. Pero el científico no dejaba de ser un macho impresionable y joven recién incorporado al grupo, un adolescente salido, y también era normal que en sus primeras semanas allí se fijara en cosas tan curiosas como:

«Cuando dos babuinos machos que mantienen una relación amistosa se encuentran por casualidad, se saludan tirándose del pene».

O también:

« ¿Sabían que las elefantas tienen pechos? Y no me refiero a una hilera de tetillas. Me refiero a pechos. Dos enormes bultos hinchados y voluptuosos, con canalillo y todo».

¿Quién dijo que la sabana no podía ser fuente de deleite rijoso?

Un mundo a dos velocidades

Memorias de un primate es un libro de aventuras, un manual de supervivencia, una clase sumaria de historia y un estudio de la sociología africana.

Sapolsky nos habla de pequeños babuinos de aspecto raro y de jóvenes hembras en plena confusión hormonal. Pero también de corruptelas, nepotismo y represión política. Como cuando, movido por un deseo de “contemplar la historia en acción”, hace una escapada a Uganda y en la capital se ve en mitad de un bombardeo ordenado por el tirano Idi Amin.

«Por lo general, no había gente más simpática en el mundo que aquella, a uno se le partía el corazón al ver la generosidad con la que unas personas que vivían al límite de la subsistencia compartían sus escasas posesiones. Pero siempre había alguien que quería aprovecharse de los demás», escribe.

«En un ambiente donde la gente era tan decente, siempre había justificación para aquellos interminables chanchullos y montajes, engaños y extorsiones. La desesperación de ser extremadamente pobre. La primitiva hostilidad tribal que dividía al mundo en ‘ellos’ y ‘nosotros. La más venal de las corrupciones. Un capitalismo egoísta y desenfrenado que ni siquiera se esforzaba en disimular su falta de normativas y restricciones».

La peste que trajo el hombre

Pasearse por el libro de Sapolsky es pasearse por la orografía del alma humana, es acercarse a la naturaleza más generosa del hombre y a su podredumbre más fétida. Por sus páginas desfilan gentes de bien junto a chanchulleros, ladrones, cazadores furtivos, dictadores y corruptos de todo pelaje. Pero donde mejor queda expresada la influencia nefasta del hombre en el medio salvaje es en La peste, la coda tristísima a veinte años de vida al lado de los babuinos.

El desenlace de Memorias de un primate desprende un sabor agridulce que se agarra a la garganta. Un sabor marcado por la basura del hombre. Sus desperdicios y su suciedad moral. Su codicia asesina.

Aquella era una zona del mundo donde los poderosos hacían lo que les venía en gana.
El cadáver de una elefanta da el aviso. La causa de su muerte: fragmentos de cristal, una botella de refresco rota, tapones de botella y trozos de metal en su estómago. Su pecado fue acercarse al vertedero del recinto turístico más grande de la zona. El mismo recinto que serviría, poco después, como irradiador de muerte para la familia animal de Sapolsky.

«Nódulos. Pero también manchas, hemorragias, alguna que otra explosión de sangre y pus, implosiones y más trozos de pulmón derritiéndose sin parar». Es el resultado de una autopsia a la que seguirían muchas otras. Los babuinos estaban muriendo. Tuberculosis fue el diagnóstico. M. bovis. ¿Dónde estaba el foco de la infección?

La pista lleva, de nuevo, al recinto turístico, a sus desperdicios, al carnicero que trabaja en las dependencias de los empleados. Aquel hombre estaba infectando a los monos con restos de vacas enfermas que compraba de saldo de forma ilegal a los masai de la zona. La carne iba a parar a los trabajadores. Las vísceras a los primates hambrientos.

Cuando quiso poner fin a aquel negocio, Sapolsky se dio de bruces con la mano invisible del capital.

«El turismo constituye la principal fuente de entrada de divisas de Kenia. Los hoteles Safari, propiedad de una destacada familia británica de origen colonial, constituyen una de las mayores cadenas del país y Olemelepo es uno de sus hoteles más representativos. Y aquella era una zona del mundo donde los poderosos hacían lo que les venía en gana. Jim me informó de que ni yo ni él iríamos a ver al director de los hoteles Safari para exigirle que detuviera el negocio de la carne. Y que no íbamos a hacer público que en Olemelepo se traficaba con carne tuberculosa».

Dunia. Así son las cosas (en swahili), y no hay nada que uno pueda hacer para cambiarlas.

Tras aquel episodio, Sapolsky regresó resignado a EEUU. Le esperaban nueve meses de trabajo de laboratorio. La siguiente temporada estival volvió al Serengeti a reunirse por última vez con su manada.

«Los babuinos volvieron a hacerme un regalo de bienvenida y al alba se dirigieron majestuosamente al descampado más amplio de todos». Allí estaban todos.

Todos… los que quedaban.

«Y la peste se llevó a Saúl, que murió en mis brazos.

Y la peste se llevó a David.

Y a Daniel.

Y a Gadeón.

Y a Absalón.

Y la peste se llevó a Ménasas, que murió retorciéndose de dolor frente a un grupo de empleados del hotel muertos de risa.

Y la peste se llevó a Jesse.

Y a Jonatán.

Y a Sem.

Y a Adám.

Y a Scratch.

Y la peste se llevó a mi querido Benjamín».

Todo por un puñado de dólares.