El arte de estar solo

Línea del horizonte » 03.11.2017

“La soledad es personal y es también política”. Entendemos que política, aquí, está reflejando su significado más depurado: la polis, la ciudad, su gobierno y nuestra intervención en ella. “La soledad es colectiva: es una ciudad”. Olivia Laing (Reino Unido, 1977) recurre a la metáfora: uno mismo se basta para ser ciudad, uno mismo contiene tanto como la suma de los individuos en el enjambre que configura la ciudad. “En cuanto a cómo habitarla, no hay reglas y tampoco ninguna necesidad de sentir vergüenza; lo que hay que hacer es recordar que la persecución de la felicidad individual no está por encima de nuestras obligaciones para con los demás ni nos exime de ellas”. Laing nos habla no del derecho a la felicidad, sino del derecho a buscar la felicidad, en la ciudad que uno es y en la que uno habita, junto con otros individuos que comparten sus amistades o su soledad. “Estamos juntos en esta acumulación de cicatrices, en este mundo de objetos, en este refugio físico y temporal que con frecuencia se parece al infierno”. Juntos no es lo mismo que unidos. Los cuerpos están juntos, las almas o las memorias, están unidas y sí, ese infierno al que se refiere es la soledad urbana, que es el centro de interés que atraviesa este libro escrito en un tono idóneo, a mitad de camino de la confidencia y el ensayo. “Lo importante es la bondad; lo importante es la solidaridad. Lo importante es que estemos alerta y abiertos, porque si algo hemos aprendido de lo ocurrido en el pasado es que el tiempo de los sentimientos no durará demasiado”. Así termina el libro, con esa hermosa metáfora para separar la vida de la muerte: el tiempo de los sentimientos.

El sentimiento del que nos hablará Laing no será la soledad, sino todo lo que rodea, abriga o apelmaza la soledad. Sobre lo que supone social y psicológicamente la soledad, cuando el tiempo se hace tan eterno que tenemos ganas de que termine. Y está el arte, o los artistas, los solitarios, los marginales, que son por los que ella se siente atraída, a partir de la dificultad de su adaptación a la ciudad por excelencia, a Nueva York. El arte que sirve para convivir con la soledad, o sea, para adaptarnos. La cuestión es ¿qué capacidad de adaptación tiene el solitario? Y ¿qué daño irreversible provocan la sociedad y sus estructuras en el solitario? Teniendo en cuenta los prejuicios y los lugares comunes, la soledad es una anomalía. O incluso peor que eso, la soledad es un fracaso.

Laing detecta en el solitario el peligro de borrar la empatía de sus pulmones, de inhibirse por afán de autoprotección. Pero no considera la soledad como algo único. Al igual que no existe la libertad, sino distintas formas de libertades, por desgracia muchas veces incompatibles, existen diferentes soledades y lo que las marca es el origen. Lo común a todas ellas es la hipervigilancia, el sistema de alerta activado frente a la amenaza social. Las personas que reúne en el libro tienen todas algo en común en su forma de soledad. Al margen de vivir en Nueva York, la metrópoli más neurótica, la más histérica y, por tanto, en buena medida la más atractiva, está una infancia difícil. Algunos de ellos no solo difícil, sino muy violenta, desgarradora, que nos rompe los intestinos cuando la leemos. Se trata de artistas marginales de los cuales Hopper y Warhol son los más conocidos. Ambos enmudecían constantemente, sobre todo frente al desengaño, que era proporcional al miedo a sentirse solos. Y, no dominando el arte del diálogo, es complicado formar parte de la tribu.

Los otros nombres son Wojnarovic, que ya en su infancia ejercía la prostitución con otros hombres y se alimentaba de cigarrillos; Henry Dager, un celador sin conocidos con una obra monumental escrita y dibujada; Klaus Nomi, el andrógino que acompañó a David Bowie inspirándose en el teatro Kabuki, o Josh Harris, un emprendedor del mundo digital, que es quien consigue transformar el sentimiento contemporáneo de soledad. Laing entra en la vida de todos estos personajes a través de su experiencia propia, de lo complicado que le resultó adaptarse a la Gran Manzana. Y se centra en la cualidad que explotaron para sobrevivir, como la máscara de Wojnarovic, el inventarse un personaje, lo cual le otorgaba cierta libertad. O la fantasía de Dager, calificada como sadismo sexual e incluso pedófilo, pero que es la locura que le rescata de la otra locura, la social, al llevarla en secreto. Tanto ellos como Nomi cargan, a mayores, con el estigma de la culpa. En el caso de Nomi debido a la enfermedad que le causó la muerte, el SIDA, que en los años ochenta todavía se consideraba un castigo contra las aberraciones sexuales.

Pero ahí está, finalmente, la función social de internet que explota Harris. Es un tipo creativo que sabe de la necesidad de tanta gente de tener otra vida al margen de la física. De esta manera, las redes sociales o las páginas de contactos se transforman en un oxímoron de los que hacen época: una ilusión real. Acogerse a ello es algo muy propio de las ciudades y de los solitarios. Y así Laing nos guía por lo concreto para hablar de lo abstracto, hasta llegar a ese maravilloso párrafo con el que concluye este libro:

“La soledad es personal y es también política. La soledad es colectiva: es una ciudad. En cuanto a cómo habitarla, no hay reglas y tampoco ninguna necesidad de sentir vergüenza; lo que hay que hacer es recordar que la persecución de la felicidad individual no está por encima de nuestras obligaciones para con los demás ni nos exime de ellas. Estamos juntos en esta acumulación de cicatrices, en este mundo de objetos, en este refugio físico y temporal que con frecuencia se parece al infierno. Lo importante es la bondad; lo importante es la solidaridad. Lo importante es que estemos alerta y abiertos, porque si algo hemos aprendido de lo ocurrido en el pasado es que el tiempo de los sentimientos no durará demasiado”.