De su puño y letra: boxeo y literatura

Qué Leer » 13.02.2016

El ring es un espacio de paz. Los boxeadores suben a la lona para respetarse y los golpes, en la medida de lo posible, se esquivan; pero si llegan, si el contacto se produce, se encajan. La derrota es otro modo de alcanzar la dignidad y de bajarse del ring. Esta premisa une a la vida con el boxeo en una metáfora recíproca que enuncia lo que una y otro significan. La violencia, inherente al ser humano, es un medio de expresión de la vida, pero no del ring.

El boxeo avanzó con un siglo XX que trajo consigo la vanguardia artística, el cine, la publicidad, el pop, la televisión, la radio, la crónica y el auge editorial. Con todos ellos, y en cotas diversas de popularidad, el boxeo mantuvo una estrecha relación que lo convirtió en un espectáculo de masas, pero, pasado el tiempo, la sociedad cambia vertiginosamente sus gustos y las confusiones morales, éticas y estéticas en torno al pugilismo lo han renegado a un generalizado desprecio hasta arrinconarlo, porque la imagen del boxeo como un espectáculo salvaje y la del boxeador como un individuo inculto han forjado una opinión frente al pugilismo que demuestra la larga distancia existente entre uno de los deportes más inteligentes, culturales y filosóficos del mundo y un público que ignora su naturaleza.

Estas peculiaridades son las que en gran medida ha contemplado y admirado el oficio de la escritura, tanto en la ficción como en la crónica periodística. De la notable y larga lista de referencias que podríamos aludir nos centraremos en las principales y más altas cotas de la literatura boxística contemporánea, siempre aludiendo a la edición más fácil de encontrar en España en estos tiempos, lo que nos lleva a una primera parada en la literatura anglosajona, ya que fue precisamente en Inglaterra donde el boxeo adquirió su primera legislación normativa, la que el marqués de Queensberry impuso al diseñar el reglamento por el que debía regirse el noble arte.

Lord Byron boxeó y escribió con igual ímpetu. En su caso, los entrenamientos con John Jackson, estrella pugilística de la época, le ofrecieron la disciplina y el temperamento de superación que anhelaba. En sus diarios lo dejó escrito: tras una jornada con Jackson escribió una oda a Napoleón. Por su parte, el celebérrimo creador de Sherlock Holmes dotó a su personaje de un especial aprecio al boxeo y dedicó al noble arte un puñado de cuentos que en España conocemos como Historias del ring (Valdemar, 1995), pero, además, Conan Doyle firmó la magnífica novela Rodney Stone (1896), publicada con esmero por Capitán Swing en 2011. El Nobel irlandés Bernard Shaw daba a la imprenta en 1882 La profesión de Cashel Byron (Ediciones del Bronce, 1998). En su generoso epílogo a la reedición de 1901, el autor nos ofrece una discutible visión del boxeo que, en todo caso, es de agradecer por el serio interés con que la afronta. Si Shaw ya hablaba en el primer año del siglo XX de la decadencia experimentada por el pugilismo en Inglaterra, pronto el boxeo encontrará en EEUU su principal escenario de perpetuidad.

Es Jack London el primer gran escritor estadounidense que entregará su pluma al boxeo. El 4 de julio de 1910, se hallaba en Reno con el propósito de contar al mundo el enfrentamiento entre James J. Jeffries y el ya aludido Jack Johnson. Dos hombres, pero también dos razas, la blanca y la negra, situaron en el ring la cuestión palpitante del racismo. No se trataba solo de boxeo; una civilización ponía en evidencia su capacidad de odio. London relató para el New York Herald los días previos al combate, además de los quince asaltos. La literatura periodística del boxeo había nacido. En España, Gallo Nero publica esta crónica bajo el epígrafe de El combate del siglo (2011) en una cuidadísima edición. Con todo, el magnífico fabulador que London lleva dentro lo induce a crear un puñado de cuentos sobre boxeo que suponen lo más granado del género. Hablamos de la obra maestra titulada Por un bistec, que junto a El mexicano (Eneida, 2015) y el poco conocido El juego del ring forman un triunvirato de narrativa boxística.

Hemingway ha logrado que su leyenda perpetúe también la pasión por el boxeo que sobradamente demostró. El combate que disputó con Callaghan, arbitrados por Scott Fitzgerald, no falta en ninguna alusión que se precie. Sin embargo, el bronco carácter del escritor fue más fuerte que su dedicación a la escritura boxística. El cuento Cincuenta de los grandes es la mejor entrega, y diríamos que la más reseñable, del premio Nobel.

La primera gran novela sobre boxeo que alcanza fama internacional y se detiene a explorar los oscuros entresijos de las doce cuerdas es la impecable Más dura será la caída (1947; Alba, 1999). Su autor, Budd Schulberg, príncipe de Hollywood (era hijo del dueño de la Paramount), nos ofrece el testimonio de Eddie Lewis, cronista de boxeo en horas bajas, pero que aún arrastra su leyenda, sobre un negocio al que acaba accediendo: catapultar a la fama a un mediocre boxeador argentino apodado Toro Molina. Mark Robson dirige en 1956 una fiel adaptación que, sobre todo, nos regaló la despedida de un Bogart lobo de bar, luminosamente gris, apiadado de sí mismo, que toma las decisiones justas y comete los errores adecuados.

El acuñado nuevo periodismo tomó al boxeo como uno de sus temas predilectos, aunque Ring Lardner ya ejercía maestría en las primeras décadas del siglo y escribió Campeón (Montesinos, 2009), el cuento en que Mark Robson basó El ídolo de barro (1949). Desde 1957, Gay Talese, uno de los mejores escritores estadounidenses del siglo XX, tiene al boxeo entre los temas desarrollados en sus mejores escritos. Célebres son sus crónicas sobre Floyd Patterson, Ali y Joe Louis, todos ellos compilados en la grandiosa antología El silencio del héroe (Alfaguara, 2013).

En 1958, el periodista deportivo W. C. Heinz publica la novela El Profesional (Gallo Nero, 2013) y confluyen en ella todos los ingredientes de la mejor ficción boxística: el gran combate por el título mundial, el boxeador que agota su última quimera, el entrenador que sueña con tutelar a un campeón y el periodista que acompaña al púgil protagonista y narra su mundo y su esfuerzo. En definitiva, la novela maestra del box.

Norman Mailer, otro de los capitostes del nuevo periodismo, queda prendado por la esencia del incombustible Ali y lo convierte en motor de sus estupendas crónicas Rey del ring (Lumen, 1971) y
El combate (Contra, 2013). En la primera narra el enfrentamiento con Frazier; en la segunda, el ya mítico encuentro africano con Foreman. Mailer despliega su talento incisivo para hacernos convivir con su lectura del héroe sin olvidar la premisa de su oficio: informar detalladamente sobre un evento que siempre reúne sobre el ring a mucho más que dos vidas.

En cuanto al ensayo norteamericano resultan imprescindibles las obras de Joyce Carol Oates y David Remnick. La autora neoyorquina firma Del boxeo (Punto de lectura, 2012), donde despliega recuerdos, lecturas y reflexiones que tejen un bello y lúcido cuaderno que deben leer tanto los amantes como los detractores del boxeo. Remnick convoca en su Rey del mundo (Debolsillo, 2015) el talento que le hizo merecedor del Premio Pulitzer, esta vez conformando un documentadísimo retrato de Ali, que es también una potente radiografía del convulso tiempo que protagonizó.

Arthur Cravan es, ante todo, una fascinante biografía: sobrino de Oscar Wilde, redactor único de su revista Maintenant (El Olivo Azul, 2009), profeta del dadaísmo, boxeador que se enfrenta a Jack Johnson en la Barcelona de 1916, autor de Cartas de amor a Mina Loy (Periférica, 2012), la artista de quien se enamoró en Nueva York, y náufrago desaparecido cerca del Golfo de México a los 31 años. En una centuria pop como la anterior, corto se quedó André Breton al nombrarlo “héroe del siglo XX”.

El entusiasmo de la vanguardia literaria española acogió al boxeo con su abrazo demoledoramente nuevo. Giménez Caballero y Jardiel Poncela reflexionaron con mayor o menor atino sobre el box; Francisco Ayala escribió uno de los mejores cuentos de la época, El boxeador y un ángel (1928) y el maestro Machado dedicó tres de sus proverbios y cantares al pugilismo. Tras la Guerra Civil la crónica boxística en España alcanza su mayor expresión. Fernando Vadillo, primero en Marca y luego en As, Manuel Alcántara, que sustituye a Vadillo en Marca y extiende su leyenda hasta 1978 y Antonio Salgado, que desde Canarias, compila en diversos libros toda su sabiduría histórica sobre el box.

Vadillo, cronista de la División Azul, elabora también la primera gran novela española del boxeo, Doce cuerdas (1949), la biografía de Paulino Uzcudun, El coloso de dos continentes (1954), y el ensayo Boxeo, dioses y gangsters (1980). Todas merecen el rescate editorial. Alcántara, poeta laureado, arcángel del articulismo literario en España, es el gran narrador del ring. La edad de oro del boxeo (Libros del KO, 2014) nos permite acceder a quince crónicas maestras. Por otra parte, las prosas del periodista José Luis Alvite, fallecido en 2014, son de lo mejor de nuestro tiempo.

En 1959, el traductor y escritor Andrés Bosch se alza con el Premio Planeta gracias a La noche (Planeta, 1996), una sobresaliente novela; y en los últimos años la narrativa española ha enlazado sucesivos títulos que conforman la sólida nómina de nuestra literatura del box gracias, entre otros, a David Torres, Juan Bas, Julio Manuel de la Rosa, Andrés Pérez Domínguez, Xavier López López y Alexander Drake. Al igual que en el teatro con obras como el monólogo de Luis Buñuel Tour de force (Antígona, 2011), de Fernando J. López, y Urtain, de Juan Cavestany.

Con todo, es en Ignacio Aldecoa donde el boxeo encontrará al más insigne narrador de su fría naturaleza. El cuento Young Sánchez, adaptado por Mario Camus en 1964, y el libro Neutral Corner (Alfaguara, 1996), ilustrado con fotografías de Ramón Masats, son la cumbre de la literatura boxística española. Fue precisamente Manuel Alcántara, a quien Aldecoa dedica su cuento, el responsable de descubrirle el universo del ring. Aldecoa da pábulo al raso deseo de un jovencísimo Paco, que sueña la gloria y la fortuna en el desalmado camino que va de su casa al gimnasio. Luego, en Neutral Corner, Aldecoa practica un ejercicio de microrrelato ensayístico y/o apunte reflexivo, difícilmente superable.

Mención especial merece el estuche que reúne las memorias de Paco Roca, De boxeador a literato (1932), y el estudio de Julià Guillamon, Jamás me verá nadie en un ring (Comanegra, 2014). Roca es uno de esos personajes únicos: púgil de tercera, pertinaz y soñador, que decide, ya retirado, narrar su experiencia y culmina un texto a caballo entre el descalabro literario y el absurdo inconsciente. Una auténtica joya kitsch. Por su parte, Guillamon ofrece un muy ameno y documentadísimo relato histórico, social y personal de Roca y la Barcelona de su tiempo.

Por su parte, el discurso de Eduardo Arroyo ha dignificado el boxeo no solo como materia artística sino como eje de su filosofía vital. Sin adentrarnos en su faceta plástica, aunque remitimos al
lector al catálogo de la exposición Boxeo y literatura (Turner, 2009), Arroyo es autor de la necesaria biografía del púgil panameño, campeón de los pesos gallo, Panamá Al Brown (Alianza, 1988), originalmente escrita en francés, la obra de teatro Bantam (El Público/CDT, 1990) y el ensayo El Trío Calaveras (Taurus, 2003), donde habla de un Byron boxeador. Al referirse a la literatura sobre boxeo, Arroyo nos ofrece una maravillosa tesis: “Es una literatura de lumpen proletariado”.

En La vuelta al día en ochenta mundos (1980), Cortázar relata que tras preguntarle una señora cuáles eran los grandes momentos del siglo XX vividos por él, respondió que el nacimiento de la radio y la muerte del box. Aquella época dorada, de la que fue testigo oyente gracias a la radio del hogar, despertó en Cortázar una pasión que supo plasmar en cuentos como La Noche de Mantequilla, Segundo viaje y el célebre Torito. La bibliografía pugilística argentina resulta desbordante, pero es preciso aludir a los narradores Abelardo Castillo y Roberto Fontanarrosa. Igual ocurriría con la mexicana; no obstante, señalamos el fabuloso poemario del dominicano Alexis Gómez-Rosa, Prosas de un peso welter (2014).

Las memorias y biografías boxísticas son materia suficiente para otro trabajo. El más grande. Mi propia historia (T&B, 2014), es uno de los títulos imprescindibles. Algo que todos ven, pero que solo el boxeador siente en toda su dimensión, es la pérdida, el derrumbamiento sobre la lona cuando noquean tu arquitectura. Por ahí comienza Muhammad Ali, por la derrota frente a Ken Norton en
1973. Por su parte, Mike Tyson desnuda sus ganchos más potentes, los que tiene que encajar venidos directos de su puño, pues boxeafrente a un espejo en el duro ring de la vida. Toda la verdad (Duomo, 2015) es un libro conmovedor, sincero y bello en su implacabilidad.

Los escritores rubrican con su puño y letra lo que es genuinamente suyo, como los boxeadores en el cuerpo que acecha, en el aire que los agita o en la soledad que los comprende. Cuestión de estilo, se diría.

Autor del artículo: Daniel María