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De qué no hablan las mujeres

Por El País  ·  18.02.2018

Es esta la era de las mujeres. Quien se resista será aplastado por la evidencia. Desde una perspectiva reaccionaria, las que vivimos en países no violentos solo debiéramos alzar la voz por aquellas que son ultrajadas en tierras pobres o de conflicto, dado que se supone que ya gozamos de nuestros derechos. El qué más queréis si no tenéis que llevar velo, el qué más queréis si no os tapamos la cabeza, si no anulamos vuestra voluntad, el qué más queréis. Eso vendría a ser como decirle a un obrero de un país europeo que sea consciente de su privilegio: si aquí está explotado, en otros lugares sería un paria. O estaría muerto. ¿Qué más queremos? Yo me lo pregunto muchas veces, ¿qué más quiero? Escucho sobre todo las voces de las mujeres jóvenes, ellas son las que han acelerado el curso de los tiempos. No están dispuestas a que su sexo sea parte del trato tácito en caso alguno, ni en el intercambio de obligaciones laborales, ni en la forma en la que son consideradas. Yo me pongo en su piel porque es la mía, la mía de cuando tenía 19 años, tan tierna y tan expuesta a comentarios o situaciones abusivas que no sabía cómo encajar. Ni a quién quejarme. Ni tan siquiera si tenía derecho a la queja. Así que soy de una generación en la que ganarse un espacio de respeto ha significado abrirse paso a codazos, pero siempre con un formidable espíritu de resiliencia que nos hacía superar los malos ratos. Eso nos ha hecho sin duda más fuertes, y cuando traspasamos la barrera de los cincuenta poseemos un descaro, un desparpajo en despachar con un corte seco ciertos tonos de condescendencia o infravaloración. A las mujeres de mi edad es más difícil que se nos calle. Por eso, a menudo, prestamos nuestra voz a las que están empezando. Pero sí padecemos un silencio concreto. Un silencio que no está presente en el debate. Algo que callamos y no compartimos con nadie. A ese silencio al que nos obliga la educación en la que crecimos dedica su libro, Sin reglas, la escritora y profesora Anna Freixas. Sin reglas, sin regla, esas mujeres de 50 a 80 años, una amplísima franja de edad, en la que por una imposición social, de la que a veces no somos conscientes, no hablamos jamás de nuestros deseos sexuales. Y eso teniendo en cuenta que las mujeres más jóvenes de este arco que recorre treinta años rompimos moldes y vivimos la sexualidad aliviándola de los prejuicios que nuestras madres recibieron y que a su vez nos quisieron imponer.

Este ensayo sobre la erótica femenina en la madurez da un gran paso en la ruptura de ese tabú, escuchando e interpretando lo que cuentan las mujeres que callan. Del resultado se deduce que no dejamos de ser seres sexuales, que el deseo puede transformarse pero no desaparece, que buscamos un sexo unido a la complicidad, al compañerismo, al afecto. Hay muchas mujeres que viven solas, o bien por una separación, por viudedad, por soltería. Jamás pensamos en ellas como personas que tienen sueños eróticos, damos por hecho que su deseo quedó anulado en la posmenopausia. La medicina tampoco ayuda, porque suele contemplar esta etapa desde un punto de vista patológico, como si desconociera que el proceso sexual femenino es integral: cuerpo y alma, o cuerpo y pensamiento están íntimamente unidos. Incluso la literatura tiende a silenciar al asunto. Mientras los críticos celebran la tópica por repetida historia philiprothiana de la jovencita fascinada por la brillantez de un octogenario que alguna vez hasta logra rescatar a una muchacha del lesbianismo, es difícil que no miren con reparos o incluso con una mueca de burla el amor maduro, el deseo de las mujeres que ya no son jóvenes. Su crítica está condicionada, aunque no lo reconozcan, por los sueños calenturientos masculinos. Su mirada está velada por la idea de que las mujeres, a cierta edad, deben borrar el sexo de sus conversaciones, de sus columnas, de sus literaturas, de cualquiera que sea la manera en que expresen esta realidad que a todos parece darles mucha vergüenza. Es un tabú social al que se suelen apuntar los hijos. Nosotros no queríamos imaginarnos a nuestros padres en la cama, pero cabría esperarse un avance en esta percepción de las madres como seres asexuados. Los hijos apartan esa imagen de su mente como si fuera una mosca e incluso afean la conducta de sus progenitores porque temen que hagan el ridículo.

El libro de Anna Freixas es alegre. Darle voz a los deseos silenciados es un acto de justicia. ¿Por qué si la esperanza de vida ha aumentado considerablemente marcamos el final del deseo erótico de las mujeres a partir de la menopausia? Pasamos de definir el humor de una joven porque está con la regla a considerar a las que no la tienen como una especie de tullidas que han de esconder esa vergüenza. Yo misma me pregunto por qué me tengo negado un texto erótico. Lo achaco a que siempre fui pudorosa. Pero leyendo el libro de Freixas me doy cuenta de que las razones son otras. Para protegerme.

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