Borderlands. La frontera: La patria, Aztlán

FronteraD » 28.04.2016

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El otro México

El otro México que acá hemos construido
el espacio es lo que ha sido
territorio nacional.
Este es el esfuerzo de todos nuestros hermanos
y latinoamericanos que han sabido
progresar.

Los Tigres del Norte.[1]

“Los Aztecas del norte […] constituyen la tribu o nación de Anis-hinabeg (indígenas) más numerosa que se pueda encontrar hoy día en Estados Unidos… Algunos se llaman a sí mismos chicanos y se consideran un pueblo cuya verdadera patria es Aztlán [el suroeste de Estados Unidos]”.[2]

El viento me tira de la manga,

mis pies se hunden en la arena

estoy en el borde donde la tierra toca océano
donde los dos se solapan
en un dulce encuentro

en otros lugares y momentos un choque violento.

Al otro lado en México

inhóspitas siluetas de casas destripadas por las olas,
acantilados que se derrumban en el mar,
olas de plata jaspeadas de espuma
tajan un agujero bajo la valla fronteriza.

Miro el mar atacar
la cerca en Border Field Park
con sus buchones de agua,
una resurrección de domingo de Pascua
para la sangre morena en mis venas.

Oigo el llorido del mar, el respiro del aire,
mi corazón se dispara al ritmo del mar.
En la niebla gris del sol
las gaviotas lanzan un aullido chillón de hambre,
me va calando el olor acre del mar.

Paso por un agujero en la alambrada
hasta el otro lado.
Bajo los dedos siento el alambre crudo
oxidado por 139 años
de aliento salado del mar.

Bajo el cielo de hierro

los niños mexicanos patean su balón de fútbol de un lado a otro, corren tras él, entrando en los EE.UU.

Aprieto la mano contra la cortina de acero—

cerca metálica coronada de alambre de espino enrollada—

se extiende en ondas desde el mar donde Tijuana toca San Diego
desplegándose por montañas
y llanuras

y desiertos,
este “Telón de Tortilla” se convierte en el río Grande
fluye hacia las tierras llanas
del Valle Mágico del sur de Tejas
su boca se vierte en el Golfo.

Una herida abierta de 2.500 kilómetros
divide un pueblo, una cultura
recorre la longitud de mi cuerpo.

me clava estacas de valla en la carne,
me parte me parte
me raja me raja

Este es mi hogar
este no borde de
alambre de púas,

Pero la piel de la tierra no tiene costuras.
Al mar no se le pueden poner vallas,
el mar no se detiene en las fronteras.
Para mostrarle al hombre blanco lo que pensaba de su
arrogancia,
Yemayá derribó esa alambrada de un soplido.

Esta tierra fue mexicana una vez,
fue india siempre
y lo sigue siendo.
Y lo volverá a ser.

Yo soy un puente tendido
Del mundo gabacho[3] al del mojado,
lo pasado me estira pa’trás
Y lo presente pa’delante
Que la Virgen de Guadalupe me cuide
Ay ay ay, soy mexicana de este lado.

La frontera entre Estados Unidos y México es una herida abierta donde el Tercer Mundo se araña contra el primero y sangra. Y antes de que se forme costra, vuelve la hemorragia, la savia vital de dos mundos que se funde para formar un tercer país, una cultura de frontera. Las fronteras están diseñadas para definir los lugares que son seguros y los que no lo son, para distinguir el us (nosotros) del them (ellos). Una frontera es una línea divisoria, una fina raya a lo largo de un borde empinado. Un territorio fronterizo es un lugar vago e indefinido creado por el residuo emocional de una linde contra natura. Está en un estado constante de transición. Sus habitantes son los prohibidos y los baneados. Ahí viven los atravesados: los bizcos, los perversos, los queer,[4] los problemáticos, los chuchos callejeros, los mulatos, los de raza mezclada, los medio muertos; en resumen, quienes cruzan, quienes pasan por encima o atraviesan los confines de lo “normal”. Los gringos del suroeste de Estados Unidos consideran a los habitantes de las tierras fronterizas transgresores, extranjeros –tanto si tienen documents como si no, tanto si son Chicanos como si son Indios o Negros–. Prohibida la entrada, los trespassers serán violados, mutilados, estrangulados, atacados con gas, shot. Los únicos habitantes “legítimos” son quienes tienen el poder, los blancos y quienes se alían con los blancos. La tensión se apodera de los habitantes de las tierras fronterizas como un virus. La ambivalencia y el malestar residen allí y la muerte no es una extraña.

En los campos, la migra. Mi tía, que dice: “No corran, don’t run. Pensarán que ustedes son del otro lao”. En mitad del caos, Pedro corrió, aterrorizado ante la idea de que le capturaran. No sabía hablar inglés, no podía decirles que era americana de quinta generación. Sin papeles, pues no se llevaba la partida de nacimiento cuando iba a trabajar en los campos. La migra se lo llevó mientras mirábamos. Se lo llevaron. Intentó sonreír cuando se volteó a mirarnos, intentó alzar el puño. Pero yo vi la pena que le hacía bajar la cabeza, advertí el enorme peso de la vergüenza que le hacía encorvarse. Lo deportaron mandándolo a Guadalajara en avión. Lo más lejos que había estado dentro de México era Reynosa, una pequeña ciudad fronteriza al otro lado de Hidalgo (Texas), no lejos de McAllen. Pedro regresó al Valle a pie. Se lo llevaron sin un centavo al pobre. Andando se vino desde Guadalajara.

Durante el primer poblamiento de las Américas, los primeros habitantes llegaron cruzando el estrecho de Bering y fueron bajando a pie hacia el sur, cruzando el continente. Los restos más antiguos de presencia humana en lo que es actualmente Estados Unidos –restos de los indios antiguos, antepasados de los Chicanos– se encontraron en Texas y se han fechado en torno a 35.000 años antes de Cristo.[5] En el suroeste de Estados Unidos los arqueólogos han descubierto campamentos de hace 20.000 años pertenecientes a Indios que ocupaban de forma permanente el suroeste o se desplazaban por él. El suroeste, Aztlán –la tierra de las garzas reales, la tierra de la blancura, el paradisiaco lugar de origen de los aztecas.

En el año 1000 a.C., los descendientes del pueblo Cochise originario migraron a lo que hoy es México y Centroamérica y se convirtieron en los antepasados directos de muchos de los mexicanos. (La cultura Cochise del Suroeste es la cultura madre de los aztecas. Las lenguas uto-aztecas se originan en la lengua del pueblo Cochise).[6] Los aztecas, término en lengua náhuatl para denominar al pueblo de Aztlán, abandonaron el suroeste en el año 1168 de nuestra era.

Dejen que nos vayamos ya.
Tihueque, tihueque,
Vámonos, vámonos.
Un pájaro cantó.
Con sus ocho tribus salieron
de la “cueva del origen”.
Los aztecas siguieron al dios
Huitzilopochtli.

Huitzilopochtli, el dios de la guerra, los guió hasta el lugar (que luego se convirtió en la Ciudad de México) donde un águila estaba posada sobre un nopal y llevaba en el pico una serpiente que se retorcía. El águila simboliza el espíritu (el sol, el padre), mientras que la serpiente representa el alma (la tierra, la madre). Juntos simbolizan la lucha entre lo espiritual-celestial-masculino y el inframundo, lo terrenal-femenino. El sacrificio simbólico de la serpiente a manos de los poderes masculinos “superiores” indica que el orden patriarcal ya había derrotado al matriarcado en la América precolombina.

A comienzos del siglo XVI, los españoles al mando de Hernán Cortés invadieron México y lo conquistaron con ayuda de tribus a las que los aztecas habían sometido. Antes de la Conquista, había veinticinco millones de indios en México y el Yucatán. Justo después de la Conquista, la población india se vio reducida a menos de siete millones. Para mediados del siglo XVII solo quedaban un millón y medio de indios de sangre pura. Los mestizos, que estaban equipados genéticamente para sobrevivir a la viruela, el sarampión y el tifus (enfermedades del Viejo Mundo para las que los nativos no estaban inmunizados), fundaron una nueva raza y heredaron América Central y América del Sur.[7] En 1521 nació una nueva raza, el mestizo, el mexicano (gente cuya sangre era mezcla de española e india), una raza que no había existido con anterioridad. Los Chicanos, los mexicano-americanos, son los descendientes de aquellos primeros emparejamientos.

Nuestros antepasados españoles, indios y mestizos exploraron y colonizaron partes del suroeste del actual Estados Unidos en fecha tan temprana como el siglo XVI. Por cada conquistador sediento de oro y por cada misionero sediento de almas que vino hacia el norte desde México, vinieron con ellos entre diez y veinte indios y mestizos, como porteadores y para otros menesteres.[8] Para los indios, esto constituía un retorno al lugar de origen, Aztlán, lo que hace que los Chicanos sean la población originaria del suroeste por partida doble. Los indios y mestizos del centro de México se casaron con indios de Norteamérica. La mezcla continua entre los indios mexicanos y americanos y los españoles dio lugar a un mestizaje aún mayor.

El destierro / La tierra perdida

Entonces corre la sangre
no sabe el indio qué hacer;
le van a quitar su tierra,
la tiene que defender,
el indio se cae muerto,
y el afuerino de pie.
Levántate, Manquilef.

Arauco tiene una pena
más negra que su chamal,
ya no son los españoles
los que le hacen llorar;
hoy son los propios chilenos
los que le quitan su pan.
Levántate, Pailahuan.
Violeta Parra, “Arauco tiene una pena”.[9]

En la década de 1800, los Anglos fueron emigrando a Texas de manera ilegal, que entonces formaba parte de México, cada vez en mayor número y gradualmente expulsaron a los tejanos (tejanos nativos de origen mexicano) de sus tierras, cometiendo todo tipo de atrocidades contra ellos. Su invasión ilegal obligó a México a entrar en guerra para conservar su territorio de Texas. La batalla de El Álamo, en la que los mexicanos derrotaron a los blancos, se convirtió, para estos, en un símbolo de la cobardía y el carácter malvado de los mexicanos. Se convirtió en un símbolo que legitimó la apropiación imperialista blanca, y sigue siéndolo. Con la captura del general Santa Anna en 1836, Texas se convirtió en una republic. Los tejanos perdieron su tierra y, de la noche a la mañana, se convirtieron en extranjeros.

Ya la mitad del terreno
les vendió el traidor Santa Anna,
con lo que se ha hecho muy rica
la nación americana.

¿Que acaso no se conforman
con el oro de las minas?
Ustedes muy elegantes
Y aquí nosotros en ruinas.
[Del corrido mexicano
Del peligro de la Intervención].[10]

En 1846, Estados Unidos incitó a México a una nueva guerra. Las tropas estadounidenses invadieron y ocuparon México, obligándole a ceder casi la mitad de su nación, lo que es hoy día Texas, Nuevo México, Arizona, Colorado y California.

Con la victoria de las fuerzas estadounidenses sobre las mexicanas en la guerra entre Estados Unidos y México, los norteamericanos empujaron la frontera de Texas hacia el sur unos ciento sesenta kilómetros, desde el río Nueces al río Grande. El sur de Texas dejó de ser parte del estado mexicano de Tamaulipas. Separados de México, los tejano-mexicanos nativos dejaron de considerar a este país como su hogar; el suroeste se convirtió una vez más en nuestra homeland. La valla fronteriza que divide al pueblo mexicano surgió el 2 de febrero de 1848 con la firma del Tratado de Guadalupe-Hidalgo, que dejó a cien mil ciudadanos mexicanos en este lado, anexionados por la conquista junto con la tierra. La tierra que según el tratado pertenecía a los mexicanos les fue arrebatada poco después por medio de engaños y estafas. El tratado nunca se cumplió y, hasta el día de hoy, no ha habido ningún tipo de restitución.

La justicia y la benevolencia de Dios

impedirán que… Texas vuelva algún día

a convertirse en un territorio agreste

hollado solo por salvajes o… sumido

en la ignorancia y la superstición,

la anarquía y la rapiña del desgobierno mexicano.

La raza angloamericana está destinada

a ser la propietaria eterna de

esta tierra de promesa y plenitud.

Sus leyes la gobernarán,

su cultura la iluminará,

su espíritu emprendedor la hará medrar.

Sus rebaños pacen en sus pastos sin límites,

para ellos sus fértiles tierras producirán…

fecundas cosechas…

La tierra salvaje de Texas ha sido redimida

por la sangre y el emprendimiento angloamericanos.
William H. Wharton.[11]

El gringo, encerrado en su ficción de superioridad blanca, acaparó todo el poder político, dejando a los indios y a los mexicanos sin su tierra mientras sus pies seguían aún posados sobre ella. Con el destierro y el exilio fuimos desuñados, destroncados, destripados –nos jalaron, sacándonos de raíz, nos troncharon, nos evisceraron, nos desposeyeron, separándonos así de nuestra identidad y de nuestra historia–. Bajo la amenaza del terrorismo anglo, muchos abandonaron sus hogares y sus ranchos y se fueron a México. Otros se quedaron y protestaron. Pero como los tribunales, los agentes de la ley y los funcionarios no solo desoyeron sus súplicas, sino que les penalizaron por sus esfuerzos, finalmente a los tejanos no les quedó otra opción que la represalia armada.

Cuando un grupo de resistencia mexicano-americano robó un tren en Brownsville (Texas), el 18 de octubre de 1915, surgieron grupos de justicieros anglos que se tomaban la justicia por su mano y linchaban a Chicanos. Los Rangers de Texas los llevaban entre la maleza y los mataban a tiros. En unos pocos meses fueron asesinados cien Chicanos y se linchó a familias enteras. Unos siete mil huyeron a México, abandonando sus pequeños ranchos y granjas. Los Anglos, temerosos de que los mexicanos[12] quisieran independizarse de Estados Unidos, llevaron a 20.000 soldados para acabar con el movimiento social de protesta en el sur de Texas. El odio de raza finalmente derivó en una guerra abierta.[13]

Mi abuelita perdió todo el ganado,
le robaron su tierra.

“La sequía golpeó el sur de Texas –me cuenta mi madre–. La tierra se puso bien seca y los animales comenzaron a morirse de se’. Mi papá se murió de un heart attack dejando a mamá pregnant y con ocho huercos, con ocho chamaquitos y otro más en camino. Yo fui la mayor, tenía diez años. Al año siguiente continuó la sequía y el ganado agarró fiebre aftosa. Se cayeron en manada en los pastos y en brushland, panzas blancas que se hinchaban hacia el cielo. El siguiente año, aún nada de lluvia. Mi pobre madre viuda perdió dos tercios de su ganado. Un listo abogado gabacho se hizo con la tierra, mi mamá no había pagado los impuestos. Ella no hablaba inglés, no sabía cómo pedir tiempo para conseguir la plata”. La madre de mi papá, Mama Locha, también perdió su terreno. Durante un tiempo nos dieron 12,50 dollars al año en concepto de “derechos mineros” por seis acres de cemetery, todo lo que quedaba de las tierras ancestrales. Mama Locha había pedido que se la enterrara allá junto a su esposo. El cementerio estaba cercado. Pero había una valla alrededor, con candado y cadena colocados por los ranchers dueños de la tierra circundante. Ni siquiera podíamos ir a visitar las tumbas, ni que hablar de enterrarla allá. A día de hoy sigue cerrado a cal y canto. El letrero dice: “Keep out. Trespassers will be shot” (“Prohibida la entrada. Se disparará a los intrusos”).

En los años treinta, una vez que las corporaciones agrícolas anglas hubieron arrebatado las tierras a los campesinos chicanos por medio de engaños, contrataron a cuadrillas de mexicanos para arrancar la maleza, el chaparral y los cactus y para irrigar el desierto. La tierra por la que los mexicanos bregaron había sido de muchos de ellos anteriormente o la habían trabajado de forma comunal. Después, los Anglos trajeron enormes máquinas y arados de raíz y obligaron a los mexicanos a que limpiaran la vegetación autóctona. En mi infancia yo asistí al final de la agricultura de secano. Yo vi cómo se limpiaba la tierra, vi cómo sobresalían de ella las enormes tuberías conectadas a recursos hídricos subterráneos. De niños solíamos ir a pescar en algunos de los canales cuando llevaban agua y cazábamos serpientes en ellos cuando estaban secos. En los años cincuenta vi la tierra cortada en miles de nítidos rectángulos y cuadrados que eran irrigados de forma continua. En la temporada de cultivo de 340 días solo había que introducir las semillas de cualquier tipo de fruta o de verdura en la tierra para que crecieran. Llegaron más y más grandes corporaciones agrícolas y compraron los terrenos que quedaban.

Para ganarse la vida, mi padre se convirtió en aparcero. La empresa Rio Farms Incorporated le concedió un crédito para comprar semillas y hacer frente a gastos de manutención. Cuando llegó el momento de la cosecha, mi padre devolvió el préstamo y tuvo que soltar el 40% de los ingresos. A veces ganábamos menos de lo que debíamos, pero a las corporaciones siempre les iba bien. Algunas tenían muchas participaciones en empresas de transporte de verduras, de subastas de ganado y de desmotadoras de algodón. En total, vivimos en tres fincas Rio, una después de la otra. La segunda estaba junto al Rancho King e incluía una granja lechera. La tercera era una granja avícola. Me acuerdo de las plumas blancas de tres mil gallinas Leghorn que cubrían la tierra en acres a la redonda. Mi hermana, mi madre y yo limpiábamos, pesábamos y empaquetábamos los huevos (durante años no pude soportar ver un huevo). Me acuerdo de que mi madre asistió a algunas de las reuniones organizadas por blancos bienintencionados de las fincas Rio. En esas reuniones se hablaba de salud y buena nutrición y se hacían enormes barbecues. Lo único que mi familia sacó de aquellos años son técnicas modernas de hacer conservas y un libro manchado de comida que se imprimió con las recetas de las mujeres Mexicanas de las Rio Farms. Qué orgullosa se sintió mi madre de que su receta de enchiladas coloradas apareciera en un libro.

El cruzar del mojado / Illegal Crossing

“Ahora sí ya tengo una tumba para llorar”, dice Conchita, al reunirse con su madre, a la que no conocía, justo antes de que esta muera.
De la película de Ismael Rodríguez Nosotros los pobres.[14]

La crisis. Los gringos no se detuvieron en la frontera. Para finales del siglo XIX, poderosos terratenientes en México, en sociedad con empresas colonizadoras de Estados Unidos, habían arrebatado las tierras a millones de indios. En la actualidad, México y sus ochenta millones de ciudadanos dependen casi totalmente del mercado estadounidense. El Gobierno mexicano y los grandes agricultores acaudalados operan en sociedad con conglomerados estadounidenses, como American Motors, IT&T y Du Pont, que son dueños de fábricas llamadas maquiladoras. Una cuarta parte de toda la población mexicana, en su mayoría mujeres jóvenes, trabaja en este tipo de fábricas. Después del petróleo, las maquiladoras son la segunda fuente de U.S. dollars para México. Trabajar de ocho a doce horas al día conectando las luces traseras en automóviles estadounidenses o soldando cables diminutos en aparatos de televisión no es la forma mexicana de hacer las cosas. Mientras las mujeres están en la maquila, los niños se quedan solos. Muchos vagan por las calles y se meten en bandas de cholos. La introducción de los valores de la cultura blanca, junto con la explotación a manos de esa cultura, está cambiando la forma de vida mexicana.

La devaluación del peso y la dependencia de México respecto a United States han traído lo que los mexicanos llaman la crisis. No hay trabajo. La mitad de la gente no tiene trabajo. En Estados Unidos, un hombre o una mujer pueden ganar ocho veces lo que podrían ganar en México. En marzo de 1987 un dólar equivalía a 1.088 pesos. Me acuerdo de que cuando era niña en Texas solíamos cruzar la frontera por Reynosa o Progreso para comprar azúcar o medicinas cuando el dollar valía ocho pesos y cincuenta centavos.

La travesía. Para muchos mexicanos del otro lado, las opciones son quedarse en México y morirse de hambre o trasladarse al norte y vivir. Dicen que cada mexicano siempre sueña de la conquista en los brazos de cuatro gringas rubias, la conquista del país poderoso del norte, los Estados Unidos. En cada Chicano y mexicano vive el mito del tesoro territorial perdido. Los North Americans llaman a este regreso a la patria la invasión silenciosa.

“A la cueva volverán”
[El Puma, en la canción Amalia].

Al sur de la frontera, que los Chicanos llaman el vertedero de Estados Unidos, los mexicanos se congregan en las plazas para comentar la mejor forma de cruzar. Los contrabandistas, coyotes, pasadores o enganchadores, abordan a estas personas o es la propia gente quien los busca. “¿Qué dicen muchachos a echársela de mojado?”.

“Ahora entre los dioses ajenos

con armas de magia me encuentro yo”.
[Canto de protección navajo,
se entona al entrar en combate].[15]

Tenemos una tradición de emigración, una tradición de largos trayectos a pie. Actualmente estamos asistiendo a la migración de los pueblos mexicanos, la odisea del regreso al Aztlán histórico-mitológico. Esta vez el movimiento es de sur a norte.

El retorno a la tierra prometida se inició con los indios del interior de México y los mestizos que llegaron con los conquistadores en el siglo XVI. La inmigración continuó durante los tres siglos siguientes y, en este siglo,[16] ha seguido con los braceros que han contribuido a construir nuestras carreteras y que han cosechado nuestra fruta. Hoy miles de mexicanos cruzan la frontera, legal e ilegalmente: diez millones de personas sin papeles han regresado al suroeste.

Sin rostro, sin nombre, invisibles, se les insulta llamándoles “Eh, cucaracha”. Temblando de miedo, y a pesar de todo llenos de valor, un valor surgido de la desesperación. Descalzos y sin instrucción, mexicanos con las manos como suelas de zapato se reúnen por la noche junto al río donde se funden dos mundos para crear lo que Reagan llama un frente de batalla, una zona de guerra. La convergencia ha generado una cultura de choque, una cultura de frontera, un tercer país, un país cerrado.

Sin ayuda de puentes, los mojados (wetbacks) vadean el Río Grande, lo cruzan en balsas hinchables o nadando desnudos, sujetando la ropa en la cabeza. Salen del agua agarrándose a la hierba de la ribera, con una plegaria a la Virgen de Guadalupe en los labios: Ay virgencita morena, mi madrecita, dame tu bendición.

La Patrulla de Frontera se oculta detrás del McDonalds en las afueras de Brownsville (Texas), o en cualquier otra ciudad fronteriza. Colocan trampas por el lecho del río bajo el puente.[17] Cazadores en uniformes color caqui esperan al acecho y rastrean a estos refugiados económicos con la poderosa visión nocturna que les proporcionan dispositivos electrónicos de detección colocados en el suelo o sobre los vehículos de la Patrulla. Acorralados por las luces, registrados mientras mantienen los brazos estirados por encima de la cabeza, a los mojados se les ponen las esposas, se les encierra en jeeps y luego se les manda de vuelta al otro lado de la frontera con un puntapié.

Uno de cada tres es atrapado. Algunos regresan a representar su rito de paso hasta tres veces en un día. Algunos de los que consiguen pasar sin ser detectados caen presa de ladrones mexicanos, como los del Cañón de los Contrabandistas en el lado americano de la frontera cerca de Tijuana. Como refugiados en una patria que no los quiere, muchos encuentran una mano de bienvenida que les ofrece solo sufrimiento, dolor y una muerte indigna.

Quienes consiguen superar los puestos de control de la Patrulla de Frontera se encuentran en medio de 150 años de racism en barrios chicanos en el suroeste y en las grandes ciudades del norte. Vivir en una tierra de nadie fronteriza, atrapados entre ser tratados como delincuentes y poder comer, entre la resistencia y la deportación, los refugiados ilegales están entre las personas más pobres y más explotadas de Estados Unidos. Para los mexicanos es illegal trabajar sin la green card. Pero los grandes contrabandistas que los traen y los grandes agricultores y empresas hacen dinero sobre la base del trabajo de los wetbacks: no tienen que pagar el salario mínimo federal ni ofrecer condiciones de salubridad ni alojamientos adecuados.

La mujer mexicana corre un riesgo mayor. A menudo el coyote no la alimenta durante días ni le permite usar el baño. A menudo la viola o la vende a otros que la prostituyen. Ella no puede tirar de los recursos sanitarios o económicos del condado o del estado porque no habla English y tiene miedo de que la deporten. Los empleadores americanos se aprovechan rápidamente de su vulnerabilidad. No puede volver a casa. Ha vendido su casa, sus muebles, ha pedido prestado a amigas para pagar al coyote que le cobra cuatro o cinco mil dólares para llevarla de forma undocumented hasta Chicago. Puede que trabaje como doncella interna durante un tiempo para families blancas, Chicanas o latinas, a veces por tan solo 15 dollars por semana. Puede que trabaje en la industria textil o en hoteles. Aislada y preocupada por su familia que quedó atrás, con miedo de que la atrapen y la deporten, viviendo con hasta quince personas en un cuarto, la mexicana sufre graves problemas de salud. Se enferma de los nervios, de alta presión.[18]

La mojada, la mujer indocumentada vive bajo una doble amenaza en este país. No solo tiene que hacer frente a la violencia sexual, sino que, como todas las mujeres, es presa de una sensación de impotencia física. Como refugiada, abandona un hogar familiar y seguro para aventurarse en un terreno desconocido y posiblemente peligroso.

Este es su hogar

este borde no de
alambre de púas.

[1] Los Tigres del Norte es un grupo de música tipo conjunto.
[2] Jack D. Forbes, Aztecas del Norte: The Chicanos of Aztlán, Fawcett Publications, Premier Books, 1973, pp. 13, 183; Eric R. Wolf, Sons of Shaking Earth, University of Chicago Press, 1959, p. 32.
[3] En México se usa el término gabacho para lo referente a Estados Unidos, el vecino del norte. (N. de la T.)
[4] Queer es un término que denotaba algo extraño, raro, algo que se desviaba de la norma. Durante décadas su uso se extendió para denominar de forma peyorativa a gais y lesbianas. A partir de finales de los años ochenta del siglo XX, cuando Gloria Anzaldúa escribió Borderlands, este término fue reclamado por gais y lesbianas para referirse a sí mismos, incluyendo también a bisexuales y transgénero como término politizado para designar opciones sexuales no ancladas en el mandato biológico. (N. de la T.)

[5] John R. Chávez, The Lost Land: The Chicano Images of the Southwest, University of New Mexico Press, 1984, p. 9.
[6] Chávez, p.9. Además de los aztecas, los ute, los gabrillino de California, los pima de Arizona, algunos pueblo de Nuevo México, los comanche de Texas, los opata de Sonora, los tarahumara de Sinaloa y Durango y los huicholes de Jalisco hablan lenguas uto-aztecas y descienden del pueblo Cochise.
[7] Reay Tannahill, Sex In History, Stein and Day/Publishers/Scarborough House, 1980, p. 308.
[8] Chávez, p. 21.
[9] Isabel Parra, El Libro Mayor de Violeta Parra, Madrid, Ediciones Michay, SA, 1985, pp. 156-157.

[10] Del corrido mexicano, “Del peligro de la Intervención”,Vicente T. Mendoza, El Corrido Mexicano, México D.F., Fondo de Cultura Económica, 1954, p . 42.
[11] Amoldo de León, The Called Greasers: Anglo Attitudes Toward Mexicans in Texas, 1821-1900, University of Texas Press, 1983, pp. 2-3.
[12] El Plan de San Diego, Texas, redactado el 6 de enero de 1915, pedía la independencia y la segregación de los estados que hacen frontera con México: Texas, Nuevo México, Arizona, Colorado y California. Se devolverían las tierras a los indios y los negros recibirían seis estados del sur para formar su propia república independiente [Chávez, p. 79].
[13] Jesús Mena, “Violence in the Rio Grande Valley”, Nuestro, enero-febrero de 1983, pp. 41-42.
[14] Nosotros los pobres fue la primera película que era verdaderamente mexicana y no una mera imitación de las películas europeas. Hacía hincapié en la devoción y el amor que los hijos deberían tener por su madre y cómo la falta de esos sentimientos llevaría al envilecimiento de su carácter. Esta película dio lugar a toda una generación de películas sobre madres devotas e hijos ingratos.
[15] Del canto navajo ‘Protection Song’ (para ser entonado al entrar en combate). George W. Gronyn (ed.), American Indian Poetry: The Standard Anthology of Songs and Chants, Nueva York, Liveright, 1934, p. 97.
[16] Gloria Anzaldúa publicó este libro en el año 1987, por lo que se refiere al siglo XX. (N. de la T.)
[17] Grace Halsell, Los ilegales, traducción al español de Mayo Antonio Sánchez, Editorial Diana Mexica, 1979.
[18] Margarita B. Melville, ‘Mexican Women Adapt to Migration’, International Migration Review, 1978.

Este texto corresponde al primer capítulo de Borderlands. La frontera que, con traducción de Carmen Valle, acaba de publicar la editorial Capitán Swing.

Gloria Anzaldúa (Valle del Río Grande, Estados Unidos, 1942-Santa Cruz, Estados Unidos, 2004) fue una académica, activista chicana, lesbiana, feminista y escritora. Trabajó como maestra de escuela antes de completar sus estudios y de doctorarse en Literatura Comparada en la universidad texana de Austin. En 1977 se mudó a California, donde se dedicó a escribir mientras trabajaba como catedrática en la Universidad Estatal de San Francisco, la Universidad de California en Santa Cruz y la Universidad Atlántica de Florida. En su escritura mezcla idiomas (español, inglés, náhuátl, mexicano norteño, tex-mex, chicano y pachucho) y culturas.