Angela Davis, cuatro décadas de activismo radical

Valencia Plaza » 01.12.2017

Cuando Angela Davis (Birmingham, Alabama 1944) hizo su entrada en el auditorio del CCCB de Barcelona el pasado 9 de octubre, un auditorio a rebosar la recibió en pie y con aullidos de júbilo, como quien da la bienvenida a una estrella de rock. Ante la incapacidad para dar cabida a todas las personas que se acercaron a escuchar a la célebre activista afroamericana, el museo tuvo que habilitar una sala contigua. Otros cientos de personas siguieron su discurso por streaming desde sus casas. Había transcurrido menos de un año desde la última visita de Davis a España, pero su presencia pocos días después de que el Gobierno de Puigdemont llamara a las urnas a los catalanes para pronunciarse sobre la Independencia de Cataluña revestía el acto de una intencionalidad muy concreta. Más aún cuando su intervención se enmarcaba dentro de un ciclo de debates del CCCB denominado Revolución o resistencia.

En un momento en el que la equidistancia o los posicionamientos con matices se han convertido en un nuevo motivo de persecución moral, invitar a un icono internacional como Davis es una apuesta segura. Ella no solo concita en una sola persona la pertenencia a las minorías marginadas u oprimidas en su triple condición de mujer, negra y comunista, sino que lleva más de cuatro décadas extendiendo su lucha a cualquier otra causa que considere justa, ya sea en relación a Sudáfrica, Chile, Palestina o el País Vasco. Inevitablemente, este tipo de compromiso universal le ha granjeado no pocas críticas. Pero si algo nos ha quedado claro a estas alturas es que esta filósofa y profesora de Historia de la Conciencia de la Universidad de California no teme meterse en jardines de espinas. Aunque en ocasiones –y esto es algo que ella misma ha reconocido en multitud de entrevistas- esto implique no conocer la letra pequeña de todos los conflictos sobre los que se posiciona. Siempre ha tenido muy presente aquella frase de Martin Luther King que decía: “Estamos atrapados en una red ineludible de mutualidad, atados a un mismo destino. Todo lo que afecta directamente a uno afecta a todos indirectamente”.

La última visita de Angela Davis a España dejó muchos titulares, pero, como era de esperar, prácticamente todos pusieron el foco en su apoyo al derecho a la autodeterminación del pueblo catalán. Solo tangencialmente se apuntó a la reciente traducción al castellano de La libertad es una batalla constante, publicado por la editorial Capitan Swing. Este libro es una recopilación de entrevistas, discursos y artículos periodísticos realizados entre 2013 y 2015 que, si bien no introducen novedades dentro del discurso de esta militante, sí funcionan muy bien como compilación de sus ideas acerca de las conexiones entre todas las luchas sociales: la feminista, la antirracista, contra la homofobia y los abusos del capitalismo y la violencia de Estado. Es lo que ella llama la “interseccionalidad” de las luchas. “Ningún movimiento contra el racismo puede triunfar si no se reconoce el papel del género, si no se analiza la relación entre el género, la sexualidad, la nacionalidad –enuncia en uno de los textos-. De hecho, antes las luchas por la liberación se entendían como luchas de hombres”.

Davis siempre ha puesto en tela de juicio tanto las interpretaciones de la historia como la obra de unos pocos individuos heroicos, eludiendo la importancia de los movimientos colectivos, como la tradicional tendencia a soslayar el papel imprescindible que han jugado las mujeres en las luchas sociales. Tal y como demuestran documentales como She’s beautiful when she’s angry o The Black Panthers: Vanguard of the Revolution, el machismo y la invisibilización de la mujer también era –y es- cosa de la izquierda. Mujeres como Arundhati Roy, Assata Sahuk, Chimamanda Ngozi (entre otras muchas) han contribuido a compensar esta visión distorsionada de la realidad.

Este libro recoge también las ideas de Davis respecto a la abolición de las prisiones, inspirada no solo en su propia experiencia en prisión en 1972 cuando acusada falsamente de asesinato y terrorismo, sino en gran medida en la teoría crítica de Foucault sobre el fallo del sistema carcelario como mecanismo punitivo. Una idea que incomoda a una parte importante de la sociedad, sea cual sea su adscripción ideológica ¿Eliminar las cárceles? ¿Qué hacemos entonces con los asesinos, los violadores? Davis considera el encarcelamiento como una estrategia que en esencia desvía la atención de los problemas subyacentes a la criminalidad: el racismo, el desempleo, la falta de educación, etc. El cuestionamiento de lo que ella llama “complejo industrial de prisiones” tiene mucho que ver con la creciente privatización del sistema penitenciario en todo el mundo y la necesidad de nutrirlo constantemente de nuevos presos para que la rueda de los ingresos siga funcionando. En uno de los ensayos contenidos en el libro, la pensadora norteamericana dirige sus críticas hacia poderosas empresas internacionales de seguridad como G4S, encargada, según sus propias palabras, de “participar en el mantenimiento y reproducción de los aparatos de represión en Palestina”. Se refiere con ello no solo a las cárceles, sino también muro de Cisjordania –declarado ilegal por diversos organismos internacionales- y los checkpoints, que segregan a la población palestina otorgándoles el “tratamiento de inmigrantes indocumentados dentro de su propio país”.

En La batalla es una lucha constante, Davis discute los legados de las luchas de liberación pretéritas, desde el movimiento de liberación negra hasta la organización internacional contra el apartheid de Sudáfrica, destacando sus conexiones entre conflictos actuales, como el racismo contra los musulmanes, la violencia policial contra la población negra en Estados Unidos (con los acontecimientos de Ferguson de 2014 como ejemplo recurrente en sus discursos). Por el camino, aprovecha para derribar algunos de los mitos acerca de la lucha por los derechos civiles en su país. Como la noción de que Lincoln liberó a los esclavos (idea en la que abunda, por ejemplo, la película dirigida por Steven Spielberg en 2012). Según la autora de Mujeres, raza y clase, el presidente norteamericano “tuvo la suficiente perspicacia para darse cuenta de que la única esperanza de ganar la Guerra de Secesión era dar la oportunidad a la población negra para que luchara por su propia libertad”, lo que derivó en el alistamiento de 2.000 soldados que resultó determinante para ganar la guerra a los estados del Sur.

El problema de las conmemoraciones, concluye Davis, es que tienden a escenificar cierres históricos. Y aunque la esclavitud primero, y la segregación racial después, están oficialmente abolidas en Estados Unidos, todavía es demasiado pronto para celebrar el triunfo de la libertad.