“Esto no será el cielo”: 5 contradicciones del activismo en 2017

Playground » 17.11.2017

No arreglaremos el mundo, ni lo arreglaremos en dos días. Esta es la provocadora idea que Rebecca Solnit nos echa en cara: el mundo es una mierda. Y en Esperanza en la oscuridad. la historia jamás contada del poder de la gente lo dice textualmente. El mundo es una mierda, pero gracias a nuestras luchas tenemos un mundo bastante mejor. Nunca será fantástico, ni el mejor de los mundos posibles, claro, porque Solnit no cree en el optimismo. El optimismo es una actitud ante la vida, y tener una actitud positiva ante la vida no constituye una buena razón para pensar que el mundo cambiará para bien.

La esperanza, a diferencia del optimismo, requiere de razones; requiere paciencia y miedo, incertidumbre y oscuridad. La esperanza no puede consolarnos, ni debe hacerlo: la esperanza, por el contrario, ha de llevarnos a la acción. La esperanza no es una inversión, no podemos simplemente ponerlos a luchar esperando que a final de mes el saldo sea positivo.

Pero precisamente por ello no debemos caer en la desesperación, en el activismo depresivo: en llegar a casa y hacer recuento de las crueldades, de los desastres, de las derrotas. Solnit también es radical en el análisis de la situación actual. Porque a pesar de que el mundo sea una mierda, es un lugar infinitamente mejor de lo que hubiéramos podido imaginar hace 20 años, hace 40 años, hace 60 años. Que desde un prisma actual y presentista nuestras luchas parezcan vanas e inutiles no significa que nuestras luchas sean vanas e inútiles.

Esperanza en la oscuridad nos ayuda a dar un paso atrás y mirar lo que hemos conseguido. Nos sitúa en la posición de ese Ángel de la Historia del que habló Walter Benjamin. Un ángel que en vez de mirar atrás y decir “terrible, ¡qué desastre!” se encoje de hombres y piensa: “podría ser peor”. Solnit desgarra nuestras contradicciones, nuestro fatalismo infantil, la seducción del derrotismo; y lo hace para recordarnos que el activismo no es un telefilm con buenos y malos, que no hay final feliz ni apocalipsis aterrador. Para decirnos, al final, que no solo vivimos atravesados por contradicciones, sino que sería terrible que nos negaranos a convivir con nuestras contradicciones.

1. Pensar que siempre vamos perdiendo

“La certeza de la desesperación…¿de verdad merece tanto la pena perseguirla? Las historias nos atrapan, nos liberan y vivimos y morimos por las historias. […] ¿Qué otras historias pueden contarse? ¿Cómo pueden reconocer que ellos también tienen el poder de los narradores, no solo los que escuchan? La esperanza es la historia de la incertidumbre, de asumir el riesgo que implica no saber qué viene a continuación, lo cual es mucho más exigente que la desesperación y, en cierto sentido, más aterrador; e inconmensurablemente más gratificante.”

2. No ver que, a veces, también ganamos

“Hay momentos en los que parece que no solo el futuro es oscuro, sino también el presente: pocos reconocen el mundo radicalmente transformado en el que vivimos, uno que se ha visto transformado no solo por las pesadillas como el calentamiento global y el capitalismo global, sino por sueños de libertad, de justicia, y por cosas que no podríamos haber imaginado ni en sueños. […] Quiero enumerar una serie de victorias que se ignoran. Quiero analizar el mundo ferozmente transformado que habitamos. Quiero desechar las presunciones paralizantes que impiden que mucha gente sea una voz en el mundo. Quiero volver a empezar, con una imaginación adecuada a las posibilidades, a la extrañeza y a los peligros que existen en este momento en la tierra.”

3. La impaciencia del presente

“Siempre es demasiado pronto para volver a casa. Y siempre es demasiado pronto para calcular los efectos. […] La relación causa-efecto asume que la historia marcha hacia delante, pero la historia no es ningún ejército. Es un cangrejo que avanza de lado, una gota de agua dulce que horada la piedra, un terremoto que rompe siglos de tensión. A veces una persona inspira un movimiento, o décadas después sus palabras lo hace. A veces unas cuantas personas apasionadas cambian el mundo. A veces ponen en marcha un movimiento de masas y son millones quienes lo hacen. A veces una misma furia o un mismo ideal agita a estos millones de personas y el cambio nos sobreviene como si se tratara de un cambio de estación. Todas estas transformaciones tienen en común que su origen radica en la imaginación, en la esperanza. Tener esperanza es apostar. Apsotar por el futuro, por tus deseos, por la posibilidad de que un corazón abierto y la incertidumbre son mejores que el pesimismo y la seguridad. Tener esperanza es peligroso, y, con todo, es lo contrario al miedo, puesto que vivir es arriesgar.”

4. Esperar una victoria total, querer el paraíso

“La perfección es un palo con el que se puede golpear lo posible. Los perfeccionistas pueden encontrar fallos en absolutamente todo, y en este sentido nadie tiene mayores estándares que la gente de izquierdas. […] Su irritabilidad es a menudo la irritabilidad de los perfeccionistas que consideran que todo lo que no sea la victoria total es un fracaso, una premisa que facilita rendirse en el inicio o menospreciar las victorias que sí son posibles. Esto es la tierra. Nunca será el cielo. Siempre habrá crueldad, siempre habrá destrucción. Ahora mismo mismo se está produciendo una tremenda devastación. En el tiempo que se tarda en leer este libro desaparecerán acres de selva tropical, se extinguirá una especie, gente será violada, asesinada, despojada o morirá por causas fácilmente prevenibles. […] Un mundo mejor, sí; un mundo perfecto, jamás.”

“Los activistas, incluso quienes denuncian que la herencia judeocristiana es nuestra propia caída en desgracia, son igual de proclives a explicar la historia del paraíso, aunque su paraíso pueda ser matriarcal o vegano o la cara opuesta de la utopía tecnológica del socialismo clásico. Y una y otra vez comparan lo posible con la perfección, encontrando errores en lo primero a causa de lo segundo.”

5. No tener contradicciones es el privilegio de los dogmáticos

“F. Scott Fitzgerald lo dijo brillantemente: ‘la prueba de una inteligencia de primera clase reside en la capacidad de retener en la mente dos ideas opuestas al mismo tiempo sin que se pierda por ello la capacidad de funcionamiento’. Pero las recapitulaciones del estado del mundo a menudo asumen que todo ha de ser de una manera o de otra, y como no todo es positivo, entonces todo debe ser una mierda absoluta. La siguiente frase, olvidad, de Fitzgerlad es: ‘una debería, por ejemplo, ser capaz de ver que las cosas son irremediables y, sin embargo, estar decidido a hacer que sean de otro modo.'”